MELCHOR GASPAR DE JOVELLANOS

 
     
     
 

          Nació en Gijón en 1744. Estudió en Alcalá graduándose en Cánones.  En 1767 es nombrado Alcalde del Crimen en la Audiencia de Sevilla. Fue Académico de la Historia y e la Lengua. Consejero de Ordenes, miembro de la Real Sociedad Económica Matritense,  Fundador del Banco de San Carlos y del Instituto Asturiano. En 1778 Carlos III le nombra Alcalde de Casa y Corte. Godoy lo nombró en 1797  Secretario de Gracia y Justicia. Mas sus ideas liberales le llevaron a prisión desde 1801 a 1808. Se enfrentó con los afrancesados y ello le condujo a romper las relaciones de amistad con Leandro Fernández de Moratín y también con Cabarrús, Director del Banco de San Carlos. En cuanto significó la Guerra de la Independencia y la lucha contra los franceses, Jovellanos representó a Asturias en la Junta Central del Reino. Finalmente murió en Vega de Nava en 1810.  Se destacó como poeta siendo memorables sus Epístola a los amigos de Sevilla y Epístola a los amigos de Salamanca, escuela a la que pertenecía. Vamos a recordar su estilo un fragmento de uno sus poemas:

 
     
     
    A ERNESTO  
   

Quis tam patiens ut teneat se ? Juvenal

 
       
       
    Déjame, Arnesto: déjame que llore  
    los fieros males de mi patria; deja  
    que su ruina y perdición lamente;  
    y, si n o quieres que el centro oscuro  
    de esta prisión la pena me consuma,  
    déjame, al menos, que levante el grito  
    contra el desorden; deja que, a la tinta  
    mezclando hiel y acíbar, siga indócil  
    mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.  
       
    ¡ Oh cuanto rostro veo, a mi censura,  
    de palidez y de rubor cubierto !  
    Animo, amigo; nadie tema, nadie  
    su punzante aguijón, que yo persigo  
    en mi sátira al vicio, no al vicioso.  
    ¡ Y que querrá decir que en algún verso,  
    encrespada la bilis, tire un rasgo  
    que el vulgo crea que señala a Alcinda,  
    la ue, olvidando su orgullosa suerte,  
    baja vestida al Prado, cual pudiera  
    una maja con trueno y rascamoño,  
    alta la ropa, erguida la caramba,  
    cubierta de un cendal mas transparente  
    que su intención, o ojeadas y meneos  
    la turba de los tontos concitando ?  
    ¿ Podrá sentir que un dedo malicioso  
    apuntando este verso, la señale ?  
    . . . . .  
       
     
     
     
 

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