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MUSULMANES Y CRISTIANOS EN LA MARINA BAIXA DURANTE LOS SIGLOS XIII, XIV, XV Y XVI. Introducción La reconquista cristiana y el control del territorio La población musulmana Relaciones con los cristianos
Introducción Nuestra comarca fue un territorio que hasta época musulmana estuvo muy poco poblado, a pesar de que los numerosos vestigios de épocas anteriores –ibérica y romana principalmente– podrían inducir a pensar lo contrario. Se trataba de una región mal comunicada ya que la famosa “Vía Augusta” de los romanos que iba siguiendo el litoral Mediterráneo, se alejaba del mar y se adentraba en la Meseta desde Játiva hasta el valle del Vinalopó, por donde volvía a descender hasta el litoral. Esta circunstancia determinaba que nuestra comarca quedara apartada de las grandes vías terrestres de comunicación. Se trataba por tanto de una comarca aislada y el aislamiento suele ser casi siempre causa de escaso desarrollo económico y poca población. A los musulmanes correspondió el mérito de haberse instalado en lo que en aquel entonces eran ásperas montañas cubiertas de bosques e incomunicadas y convertirlas en feraces campos de cultivo comunicadas por mar con el resto del Mediterráneo. La reconquista cristiana y el control del territorio Es bien sabido que la presencia musulmana en la Península Ibérica se extiende durante muchos siglos, del año 711 al 1609. Y también es bien conocido que esa presencia de gentes de cultura islámica tiene dos grandes etapas: la independiente y la de dominio cristiano. No vamos a indicar aquí todas las peripecias políticas por las que atraviesan Sharq al-Andalus –así denominaban los musulmanes entonces al territorio que corresponde a la actual Comunidad Valenciana– y nuestra comarca durante la primera etapa que finaliza en el XIII con la conquista de Jaume I. Son de sobra conocidas, así como sus logros en economía, cultura, ciencia y pensamiento. En cambio la segunda etapa, la de dominio cristiano, es menos conocida y va desde mediados del siglo XIII hasta la expulsión de los moriscos por Felipe III en el año 1609. Dura pues algo más de 350 años. Podemos considerar como inicio de esta etapa el mes de abril de 1244 cuando el rey de taifas Al-Azraq firma un pacto de vasallaje con el infante Alfons, hijo de Jaume I, conocido gracias a un texto interliniado, es decir escrito en árabe y catalán. El texto cristiano está fechado el 16 de abril de ese año y el musulmán el 14 de abril de 1.245 Ambos textos no se corresponden al pie de la letra, y faltan del texto musulmán los párrafos relativos al vasallaje. Este hecho ha sido objeto de diversas explicaciones por parte de los historiadores y parece que todavía no han llegado a una conclusión clara. De todas formas hay un hecho cierto: entre 1244 y 1245 la zona comprendida entre Tárbena y Relleu-Finestrat pasó a manos de la corona aragonesa. En 1245 Jaume I recorrió los recién adquiridos dominios y estableció un nuevo pacto con Al-Azraq y puede ser que el texto árabe, más ventajosos para los musulmanes, se redactara en ese momento. Así pues la incorporación a la Corona de Aragón de nuestra comarca es posterior a la de la ciudad de Valencia pero más temprana que la de la ciudad de Alicante y la de las tierras meridionales de la actual provincia. Estas últimas comarcas fueron ocupadas durante el reinado de Jaume II (1296-1304). En 1296 se conquistaba Alicante y la guerra continuó hasta 1301 conquistándose además parte de Murcia. De esta forma además de la citada capital quedaban bajo dominio catalano-aragonés Villena, Elda, Novelda, Elche, Guardamar y Orihuela. Después de la conquista era imprescindible una fase de consolidación del dominio en los nuevos territorios, para lo que hacía falta población cristiana que se asentara en ellos. Pero no era empresa fácil ya que el ritmo de las conquistas fue mucho más rápido que el crecimiento demográfico de los cristianos. Esta imposibilidad de ocupar físicamente las nuevas tierras explica la generosidad de los pactos de Jaume I hacia los musulmanes y su permanencia durante varios siglos en el Reino de Valencia. Explica también que los primeros cristianos a los que se concedieron tierras en nuestra comarca acabaran abandonándolas. Los cristianos estaban en minoría y las sublevaciones de Al-Azraq hacían peligrosa la situación. Sabemos que en Altea se habían entregado hacia 1248 tierras a 40 cristianos que debieron abandonarlas porque posteriormente, en 1279, hubo de ser repoblada de nuevo. Por esta misma causa en un primer momento la forma de control del territorio son los castillos. Esta palabra puede inducirnos a error si imaginamos enormes construcciones. En realidad los castillos de nuestra comarca fueron construidos por los árabes a partir del siglo XI y se denominaban hisn. Consistían fundamentalmente en una torre rodeada de un muro que delimitaba un patio interior. Un aljibe para almacenar el agua de lluvia y las pocas habitaciones que cabían en los dos o tres pisos de la torre completaban el conjunto. Servían de refugio a la población en caso de ataque y podían tener una pequeña guarnición. Tenían como objetivo controlar el territorio frente a posibles ataques exteriores, pero sobre todo era una forma de controlar y someter a las gentes de la zona y asegurarse el cobro de tributos. En nuestra comarca sabemos por las crónicas que había castillos en Tárbena, Bernia, Confrides, Polop, Orcheta, Finestrat, Torres, etc. El rey encomendó estos castillos a los nobles para que defendiesen el territorio, pero después les fueron entregados en régimen feudal, es decir que poseían el dominio eminente de la tierra y la jurisdicción sobre sus habitantes. En esos territorios los nobles no sólo cobraban impuestos y derechos señoriales sino que reclutaban soldados, nombraban las autoridades locales, ejercían de jueces, etc. Es decir que se comportaban como soberanos de unos estados en miniatura. Esto proceso de feudalización se acelera a finales del siglo XIII, cuando el peligro musulmán ha desaparecido y el territorio está bien controlado. Bernat de Sarrià y Roger de Llúria son dos ejemplos de nobles que construyen grandes patrimonios en nuestra comarca. Paralelamente el control del territorio mediante los castillos fue perdiendo importancia a causa del desarrollo de las ciudades. La población musulmana continuó en sus enclaves tradicionales de ámbito rural y los cristianos se asentaron en las ciudades del litoral. En la Marina Baixa como no había ciudades musulmanas hubo que crearlas de nueva planta. Se fundan Ifach, Altea, Villajoyosa y Benidorm entre 1.279 y 1.325. En la Carta Puebla de Benidorm Bernat de Sarrià deja bien claro que otorga unos privilegios a los “cristianos solamente” y unas condiciones ventajosas para estimular la creación de este nuevo asentamiento cristiano. Se buscaban lugares alejados de los musulmanes. No ocurre en nuestra comarca como en Valencia u otras grandes ciudades donde los musulmanes tenían barrios amurallados o morerías dentro de la ciudad. Aquí se busca una separación física de los asentamientos humanos. Ejemplos claros son el caso de la villa cristiana de Ifach, situada sobre el peñón de su nombre y la musulmana de Calpe, en el emplazamiento actual. También es curioso el caso de Altea: en el núcleo de Altea la Vieja continúan los musulmanes en un asentamiento cuyas raíces se hunden en los tiempos anteriores a los romanos. Los cristianos fundan una nueva villa, Bellaguarda, la actual Altea. Villajoyosa y Benidorm parece ser que fueron creadas de nueva planta, sin tener un asentamiento previo musulmán, aunque no es un hecho seguro. Así parece deducirse de la Carta Puebla de Benidorm donde se dice textualmente refiriéndose al lugar de Benidorm “el cual mandamos que se edifique y construya dentro de poco, para honor y servicio de Dios y de su Madre, la gloriosa Virgen María [...] en la punta que se denomina Alfalig”. Ese “Alfalig” es el actual promontorio de Canfali. La ciudad más importante de la comarca en la Edad Media fue sin duda alguna Villajoyosa. Aunque fue fundada por Bernat de Sarrià y por tanto sometida a jurisdicción señorial, posteriormente pasó a dominio del rey y tenía el derecho de enviar representantes a cortes. Su puerto pesquero, comercial y de construcción de pequeñas embarcaciones, fue el más activo de la comarca. El objetivo que se perseguía con esta política repobladora era claro: si los cristianos dominaban el litoral, cortaban las comunicaciones de los musulmanes del interior con el resto del mundo islámico. Con ello impedían la llegada de refuerzos musulmanes desde Almería, Granada o el Norte de África en caso de sublevación –se produjeron algunas, pero fracasaron–. Además, al quedar aislados, los musulmanes hubieron de dedicarse fundamentalmente a la agricultura, lo que favoreció el dominio feudal de los grandes señores. No conviene olvidar que la nobleza del Reino de Valencia poseía sobre todo señoríos en la zona musulmana. Este hecho hace que nuestra comarca, como en la mayor parte del Reino, estuviese divida en dos zonas: la litoral de predominio cristiano y la montañosa del interior de predominio musulmán. Los musulmanes quedaron relegados a los pequeños núcleos de población -aldeas, alquerías, etc.-, mientras las ciudades fueron ocupadas por los cristianos. Actualmente se les denomina mudéjares, palabra de origen árabe que significa “que tienen permiso para quedarse”, pero en la documentación de la época se les denomina moros y sarracenos. La población musulmana Aunque la conquista cristiana no supuso la desaparición de la población musulmana eso no significa que los vencidos no sufriesen cambios desagradables. En primer lugar después de la sublevación de Al-Azraq se produjeron expulsiones de musulmanes. Por otro lado el asentamiento de los cristianos tuvo que hacerse necesariamente a costa de los musulmanes que hubieron de abandonar las tierras de la franja litoral y algunas del interior. Y en tercer lugar los musulmanes quedaron sometidos a un régimen feudal con la formación de una nobleza valenciana surgida de entre los antiguos alcaides y de los funcionarios reales ennoblecidos, cuyo prototipo más notable fue Bernat de Sarrià. A pesar de todo se mantenía con ellos una política de tolerancia porque constituían una mano de obra barata y muy laboriosa que proporcionaba pingües ingresos a los nobles y al conjunto del Reino de Valencia. Eso explica que las aljamas estuvieran puestas bajo la protección del rey, incluso cuando dependían de un señor feudal como era lo más frecuente en la Marina Baixa. El nombre que recibían en la época estos musulmanes protegidos era el de “paliers”. Un derecho que poseían era el de la “tasa” mediante el cual podían adquirir algunos productos alimenticios a un precio inferior al del mercado. Los musulmanes vivían dispersos en el campo, en la zona montañosa, agrupados en pequeños poblados o en alquerías donde habitaban varios clanes familiares. Se trataba de familias patriarcales integrada por los hermanos, los primos, los parientes menores y a veces los jornaleros y esclavos. La autoridad del cabeza de familia sobre este amplio grupo era muy grande. Sus comunidades se denominaban “aljamas” –a veces “morerías”– y estaban habitadas en su mayor parte un conjunto de pequeños propietarios y jornaleros agrícolas, aunque también había algunas familias ricas. Al estar integrados en un régimen feudal podían poseer la tierra de dos formas: la libre y la enfitéutica. En el primer caso podían disponer libremente de sus tierras, aunque estaban obligados a pagar al señor la “peyta” o impuesto municipal y el diezmo. En la propiedad enfitéutica el agricultor tiene derecho a trabajar unas tierras y a transmitirlas por herencia a sus hijos pero una parte de los beneficios que obtenga serán para el señor feudal vía impuestos, trabajos gratuitos, cesión de una parte de la cosecha, etc. En la Carta Puebla de Benidorm se citan una infinidad de impuestos que había que pagar: por el uso obligatorio del molino, del horno, de la almazara, de los baños, por los pastos, por las tierras, por las casas, y un largo etc. Además de los impuestos estaba el trabajo gratuito o “çofra”. Se les obligaba a una jornada al mes para talas en el bosque, trabajos en las tierras del señor, reparaciones y mantenimiento de caminos, acequias, etc. Los carpinteros y albañiles musulmanes deben trabajar por un salario irrisorio en el mantenimiento de molinos, hornos y otros edificios señoriales. Las mujeres deben hilar gratuitamente lino y estopa y realizar todas las operaciones necesarias para la obtención de la seda. Ignoramos qué proporción de campesinos musulmanes estarían bajo formas enfitéuticas o bajo formas libres, pero suponemos que los sometidos a jurisdicción serían muchísimo más numerosos que los libres. Como los siervos feudales europeos, los musulmanes tenían prohibido abandonar el territorio. Si querían hacerlo debían pedir permiso al “Baile” (“Batlle” en valenciano: representante del señor feudal) y dejar en depósito una cantidad en dinero que asegurase su regreso. Si comparamos la vida de los campesinos musulmanes con la de los cristianos, observamos que las condiciones de estos últimos eran mucho más favorables. Como ejemplo sirve la Carta Puebla de Benidorm en la que se enumera la gran cantidad de impuestos de la que se ven exentos los cristianos para animarlos a instalarse en la nueva población. Estas exenciones, evidentemente, no afectaban a los musulmanes. Ya hemos visto que los musulmanes vivían agrupados en “aljamas”, que fueron reconocidas como entidades con personalidad jurídica, religiosa y política. Se autogobernaban para asuntos internos mediante una asamblea formada por los cabeza de familia. Además existía un “amin” escogido por todos los habitantes entre alguno de los personajes más notables de la comunidad; su misión consistía en recaudar las tasas y los censos que la aljama debía pagar al señor feudal. Otra figura era el “alcadí” que por una orden real de 1329 recibía por delegación todos los poderes señoriales de jurisdicción sobre los musulmanes. Por tanto no podemos concluir que existiera una verdadera servidumbre feudal entre los musulmanes ya que gozaban de libertad religiosa y conservaban sus formas de vida tradicionales como vestidos, armas, etc. Pero debían pagar una gran cantidad de impuestos y realizar trabajos gratuitos que les obligaba a la mayoría de ellos a vivir en una situación precaria. Aunque los musulmanes tenían restricciones a su libertad de movimientos, éstos se producían. Las rutas montañosas eran difícilmente controlables y a través de la ruta Jijona-Biar podían pasar a Castilla y de ahí al Reino de Granada. Había por tanto marchas clandestinas pero también marchas legales dejando una elevada fianza de entre 100 y 300 florines y personas que garantizasen su retorno, que normalmente son el alcadí y el amín. Suelen marchar hacia el Reino de Granada o hacia el Norte de África y en los documentos oficiales se indican varios motivos: el comercio, la peregrinación a la Meca, estudios (“... aprender letras y saber leer y escribir el morisco”), etc. La documentación nos muestra que parten en grupos de varios jóvenes de un mismo valle, como el de la Gallinera o el de Guadalest. Predominan los pequeños comerciantes de los pueblos de las montañas que se van durante uno o dos años para comerciar con los productos que les ha confiado su aljama: fardos de paños (seda y lino sobre todo), de cuero repujado y dorado u oripell, cerámica de Manises y Paterna embalada en grandes vasijas, calderos de cobre de todos los tamaños, etc. Estos comerciantes no van a lugares desconocidos. Las marchas clandestinas anteriores les permiten instalarse en Granada o el Norte de África en casa de parientes y se benefician de l’assabiya u hospitalidad islámica. E inversamente, también los musulmanes de estos reinos vendrán a visitar y a comerciar con sus parientes valencianos, aunque este segundo caso es menos frecuente. La existencia de este comercio nos demuestra que los musulmanes no eran sólo agricultores sino que se dedicaban también a actividades artesanales. Pero destacaban sobre todo por ser hábiles agricultores que continuaban practicando los sabios métodos de los agrónomos andalusíes con un laborioso aprovechamiento de las aguas de lluvia y subterráneas. Todavía subsisten en nuestra comarca galerías subterráneas excavadas o alcavons para la conducción de las aguas y norias para elevar aguas captadas mediante pozos. Introdujeron numerosos cultivos en la comarca, como el arroz, citado en la Carta Puebla de Benidorm. Relaciones con los cristianos Aunque desde el punto de vista económico los musulmanes formaban un grupo bien integrado en la vida del país, no podemos decir lo mismo de los demás aspectos. Las relaciones fueron siempre difíciles entre ambos grupos. Las diferencias religiosas y culturales constituyeron una barrera difícil de superar. En general se trataba de mantenerlos como grupo aparte. Así por ejemplo se les obligaba a llevar “garceta” o tonsura en la coronilla. También los vestidos masculinos y femeninos debían ser diferentes. Se les obliga a llevar la aljerb o especie de túnica que llegaba hasta las rodillas. A las prostitutas cristianas que frecuentaban las tabernas se les prohibía “beber, conversar y acostarse con musulmanes que pudieran encontrarse, bajo pena de ser azotadas públicamente”. Las ordenanzas justificaban este aislamiento de los musulmanes por el temor de que si ambas comunidades conviviesen, los cristianos adoptarían “la pérfida superstición” de los musulmanes, según dice una ordenanza del rey Martín el Humano. La promulgación de algunas ordenanzas sugiere la existencia de matrimonios mixtos. Una de ellas disponía que en caso de adulterio si la mujer era musulmana se le habría de aplicar la sunna, lo que suponía la lapidación. Si por el contrario era cristiana, el adulterio se penalizaba con una multa en dinero. Aunque ignoramos el porcentaje exacto de estos matrimonios mixtos, debemos suponer que era bajo, especialmente en el medio rural donde los grupos musulmán y cristiano estaban más incomunicados. Se produjeron a lo largo de los siglos varios intentos de cristianización. Los intentos de conversión mediante predicación de los dominicos en las aljamas hechos desde finales del siglo XIII, fracasaron estrepitosamente. Por eso a partir de 1311 se prohibió la llamada pública a la oración, aunque la dificultad de vigilar su cumplimiento en las zonas rurales hizo que se volviese a repetir la misma ordenanza, siempre con igual fracaso. Los primeros indicios de una hostilidad popular y generalizada hacia los musulmanes datan del siglo XV. Esta hostilidad se desataba sobre todo en las fiestas de la Trinidad y el Corpus provocada por una excitación pasional que aumentó con la canonización de San Vicente Ferrer en junio de 1455. En la ciudad de Valencia se produjeron asaltos a la morería, que se saldaron con saqueos y algunos muertos. Ignoramos la repercusión que estos hechos tendrían sobre la comarca. De todos modos empezó a popularizarse el dicho de que los musulmanes debían “cristianizarse o morir”. Los acontecimientos más graves ocurrieron en el siglo XVI, cuando estalló la crisis de las Germanías. A los problemas internos se unió el peligro de la piratería musulmana del Norte de África. Como represalia por las conversiones forzosas realizadas en Castilla, en 1503, un contingente de 500 musulmanes de Berbería atacó la ciudad costera de Cullera saqueándola y llevándose numerosos cautivos. Se acusó a los musulmanes valencianos de connivencia con los norteafricanos. A este hecho se suma que la Germanía era una lucha de los nobles feudales contra la burguesía urbana. Los nobles utilizaron sobre todo a sus vasallos musulmanes como soldados contra las Germanías. Eso aumentó los odios populares y originó un curioso intento de solución: bautizar a los musulmanes a la fuerza pensando debilitar de este modo al bando nobiliario. En la villa de Polop los agermanados después de bautizar a la fuerza a los 800 musulmanes allí presentes los mataron e incendiaron la localidad. La derrota de los agermanados no resolvió el problema de los musulmanes. Quedaba el problema de la validez o no validez de su bautismo forzoso. Contra toda lógica las autoridades eclesiásticas decretaron su validez y se obligó a los musulmanes a hacerse cristianos. Para mayor despropósito el emperador Carlos I dictó en 1523 una resolución obligando a abrazar el cristianismo a los que no habían sido bautizado por la fuerza. A partir de este momento ya no se habla de musulmanes o mudéjares sino de moriscos aunque en esa época se denominan sobre todo “cristianos nuevos”. Evidentemente, estas conversiones forzosas no surtieron efecto. Los moriscos continuaron practicando en secreto, y a menudo no tan en secreto, su religión tradicional. Un funcionario público que en el mes de Ramadán de 1589 recorría las montañas del norte de Alicante escribía sobre “la maravilla del silencio grande que havia en los lugares por do paso”. Es decir que seguían observando el reposo absoluto durante este mes. Seguían haciendo los entierros en su forma tradicional, matando los animales según sus ritos y descuidando la conservación de las iglesias, lo que provocaba la ira de las autoridades eclesiásticas. Una de ellas escribía : “... como si no supiesen todos que los moriscos aparentaban ser cristianos pero en su intención eran mahometanos, cometiendo mil excesos”. Estas persecuciones no impidieron su expansión demográfica. Los moriscos del Reino de Valencia crecieron más que los cristianos. En la Marina Baixa sabemos que los 4.000 habitantes musulmanes que había a principios del siglo XV se habían incrementado hasta 10.000 a principios del XVII. A su crecimiento demográfico y a su resistencia a la conversión, que la Inquisición no pudo evitar, se unió desde el siglo XVI y principios del XVII el peligro de la piratería musulmana por las costas del Mediterráneo y las sublevaciones de los moriscos castellanos en las Alpujarras. Ante este conjunto de causas se levantaron voces pidiendo su expulsión. Los nobles valencianos protestaron porque temían, con toda razón, los perjuicios que les provocaría la pérdida de unos vasallos laboriosos y que les proporcionaban grandes ingresos. Pero finalmente Felipe III antepuso las consideraciones de tipo religioso y de política global de su monarquía sobre los intereses particulares de los nobles y decidió su expulsión en 1609. Acababa así una larga historia de presencia del Islam en la Península y en nuestras tierras. |
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