CARMEN CONDE

 
     
     
 

          Nacida en Cartagena. Maestra. Realizó estudios de Filosofía y Letras. Esposa del poeta Antonio Oliver. Escribió bajo el pseudónimo de Florentina del Mar. Entre sus obras figuran: Júbilos, 1934, Pasión del Verbo, 1944, Ansia de la gracia, 119445, Mujer sin Edén, 1947, Sea la luz, 1947.

 
     
     
 

jardín de el escorial

 
       
       
    Aquí siempre hay silencio, quizá porque la piedra  
    el mas hondo reposo rezuma para el alma.  
    Los siglos a oleadas vinieron a romperse  
    bajo la indiferencia erguida de las tapias.  
       
    Es un jardín sin flores. El boj lo puebla todo,  
    se ciñe silencioso con una entrega noble  
    al ángulo de ojos que es proa para el Monasterio,  
    enfrente de la verde muchedumbre del bosque.  
       
    Los montes lo rodean, en un costado abriendo  
    la intensa claridad del límite ambicioso.  
    Las sendas cogen pueblos, y hay un monte dorado  
    cerrándose el amplio paisaje silencioso.  
       
    El tiempo cambia pájaros: cigüeñas, golondrinas,  
    y hasta los negros cuervos acuden al jardín.  
    Lo vuelan, lo rodean, y emprenden dilatadas  
    distancias sobre el mar, hasa volver aquí.  
       
    Las bolas que rematan las formas de la piedra  
    en boj se reproducen con redondo verdor.  
    Hay fuentes que no manan, muy cerca ya del polvo,  
    y en la huerta de abajo los magnolios en flor.  
       
    No sé cuantas ventanas se nutren de paisaje.  
    Hay muchas que no abren jamás sus puertas verdes.  
    Hay otras que responden a estancias de sosiego,  
    mas otras que señalan las tumbas de los reyes.  
       
    Todo se nos olvida cuando aquí nos anclamos.  
    Las nubes y los montes se mueven y hasta nadan,  
    El mundo está muy lejos, apenas se le siente.  
    La realidad se inviste de tersas campanadas.  
       
    De oro con el sol y gris cuando atardece.  
    Un pasado que cuenta con la vejez de piedra,  
    Aquel que nada tiene en sí, se desmorona.  
    Pero al que aspira al cielo le sostiene la tierra.  
       
    Aquí la tierra es dura, hostil y siempre seca.  
    El frio abrasa el mundo, el sol se lo incorpora.  
    Pero el que tiene espíritu, lo vence: así señala  
    su paso noble y firme en el suelo, en la aurora.  
       
    ¡ Sólo el que va de paso el jardín no se entrega,  
    ni lo envuelven los bosques con su silencio claro !  
    La adusta majestad del pueblo no le imprime  
    el señorío intangible de su carácter raro.  
       
    Yo quí pude sacar lo mejor de mi vida.  
    Aprendí a conocerme, a saber lo que quiero.  
    Y no puedo alejarme, para nunca perder  
    esta seguridad de la Tierra y del Cielo.  
     
     
     
     
 

Ir a Sumario Poesía

 
     
 

Ir a Sumario parcial. Murcia. Poetas Murcianos